El proyecto imagina la transformación de un pequeño refugio de hostelería en la Plaza de las Huelgas de Burgos. Sus escasos metros cuadrados, lejos de ser una limitación, se convierten en el punto de partida para una estrategia mínima que rompe con la rigidez anterior y abre un nuevo modo de habitar el espacio. Flandes renace. Entre la piedra firme del casco histórico, la cervecería se vuelve íntima, doméstica, y recupera su memoria al vestir de nuevo la madera que una vez abrazó su interior. La fachada de sillería, sobria y solemne, actúa como umbral antes de entrar, subrayando la fuerza del lugar en una de las plazas más significativas de la caput Castellae.
Dentro, el espacio se organiza como un pequeño recorrido marcado por un muro de ladrillo y un arco que encadenan dos ámbitos. Allí, la calidez de la jatoba coloniza cada rincón: en negativo, ocultando los servicios tras un plano corredero; en positivo, envolviendo la barra y la grifería, como un cascarón que protege el corazón del local y a su maestro cervecero.
La fachada permanece intacta por respeto a su protección histórica. Su renovación, sobria y contemporánea, recurre al acero negro para dialogar con el tiempo presente. Ese gesto urbano contrasta con la atmósfera cálida del interior, que invita al recuerdo de la antigua taberna. La luz, discreta y puntual, se concentra en el núcleo de jatoba y se abre después hacia el resto del local, donde la cartelería cervecera despliega su carácter festivo y envolvente.